El Puchero
Paren de Matarnos!
31 de enero de 2019
Miércoles 30 de enero. Amanecemos con esta noticia: en Bariloche, frente a la Catedral, un hombre, Mariano José Cordi, asesinó a su ex pareja, una mujer, Valeria Coppa. Le pegó un tiro, y ya.

Asi, en esta Argentina obsesionada por los datos estadísticos, en el 2019 una mujer muere en manos de un femicida cada 36 horas.
Si agregamos a esta estadística los transfemicidios y travesticidos ocurridos también durante este mes, un asesino logra su cometido cada 24 horas.
Qué estamos diciendo: una vez por día, un hombre decide, planea y efectivamente mata a una mujer, una trans, o una travesti. 
Por qué decimos que es sistemático: porque para esta altura del año, todos los años, hace años, estamos contando a las muertas por hora. 

 Y también sabemos qué se dice cada vez que se habla de esto: por un lado, montones de mujeres que cansadas de ser las destinatarias de tanta violencia, se organizan en asambleas, marchas, comisiones, en sus barrios, en sus sindicatos, en sus trabajos, en sus escuelas. Pero son sólo una parte. 

Otra enorme cantidad de mujeres no tiene las herramientas, las posibilidades o la libertad de poder enojarse y reclamar. El empoderamiento aún no llegó, por ejemplo, a las trabajadoras precarizadas, a las del endeble sector privado, a las trabajadoras de casas particulares, o a las mujeres a cargo de tareas de cuidado que nadie más que ellas pueden realizar. 

Y otras tantas que, aún a la vista de todo lo que sucede, no aceptan que la violencia de género sea algo que las ataña de manera alguna, sosteniendo el discurso del igualismo, es decir, hombres y mujeres somos iguales y el hecho de que abusen, violen, golpeen y maten mujeres no tiene que ver con su condición de género.
Los varones, por su parte, o se solidarizan, reviendo algunas de sus actitudes machistas, o se victimizan, separándose de los violentos, en un masivo “no todos nosotros”.  

Es que la violencia machista no escapa a la lógica de las violencias en general. Somete, domina, envuelve en su círculo todo lo que logra permear. 
Y en esta Argentina de violencias generalizadas, donde todo el tiempo miramos los números de los aumentos de los precios, donde todo el tiempo miramos los números de las caídas del empleo, donde todo el tiempo miramos los números del calendario para saber si llegamos a fin de mes, ¿por qué iba a haber menos violencia hacia las mujeres? 

En esta Argentina en la que todo el tiempo miramos los números, podemos decir que el gobierno de Mauricio Macri destina en su ridículo presupuesto para prevenir y erradicar la violencia de género $ 11 (once pesos) por mujer. Nadie en su sano juicio puede creer que Valeria, o Gissella, o Mariana, o Sandra, o Ramona, o Liliana, o Silvia, o Romina, o Danisa, o Agustina, o Susana, o Liliana, o Giselle, o Joselín, o Daiana, o Silvia, o Valeria, o Celeste podrían haberse salvado gracias a esos 11 pesos. 

La responsabilidad del Estado aparece justo ahí: no sólo para garantizar que cuando existe una restricción perimetral la misma se cumpla, o que cuando se activa el alerta un botón de pánico enseguida haya una respuesta concreta: también para educar, y reeducar, a una sociedad violenta y machista que no puede o no quiere concebir que las mujeres no somos material roto y descartable, que no somos cosas.  

Romper con la idea de que por algo nos pasa lo que nos pasa es muy difícil. En muchos sectores de nuestra sociedad todavía se cree que las mujeres provocan situaciones que se desencadenan en que algunos locos o enfermos las asesinen. O las culpan de quedarse con quienes las violentan. O de salir caminando por la calle equivocada.  

La única verdad es la realidad y la realidad, es que estamos ante una masacre. Perpetuada por varones, hacia mujeres. 

Entonces, no puede haber eufemismos ni confusiones, ni disputas que nada resuelven más que una batalla de egos: paren de matar mujeres. 

Paren de matarnos.
Paren.  


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