Río Gallegos

12 de diciembre

Acerca de la conciencia histórica del guanaco

Días atrás un distinguido chozno de Juan Manuel de Rosas, que en el ejercicio de su magistratura supo perforar el corralito bancario, me revelaba su indignación por el reemplazo en el billete de 20 pesos de la imagen del prócer por la de un guanaco. 

Este cambio del retrato y otros elementos figurativos fue justificado por el BCRA desde la intención de “que la moneda nacional sea un punto de encuentro entre los argentinos y contribuya a la unión de los ciudadanos en la tarea de honrar a nuestro país, a nuestra fauna y a fortalecer el compromiso de todos con el medio ambiente, con la alegría y con la vida”. 

Bien que se lo pueda entender, animó a la autoridad monetaria la existencia de lo que desde hace tiempo algunos identifican como “grieta” y el propósito de su superación. Lamentablemente, a pocos días de reafirmarse la soberanía nacional desde la evocación de la “Vuelta de Obligado”, no hizo más que desatar cuestionamientos, que en las redes se multiplicaron con un  repudio en escala. Y no precisamente por el autóctono y simpático animal, respecto de cuya protección se desarrolla el debate público con suficiente impulso, hasta para reconocerle la titularidad de derechos como preocupación de la más avanzada jurisprudencia. 

La discusión apunta a la iconografía en torno a la mutación cultural y los valores centrales de la sociedad argentina en los tiempos que corren. Porque si de generar conciencia en favor a un ambiente sano se trata, no puede omitirse que, lejos de cualquier dinámica confrontativa, ha sostenido el papa Francisco que no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental (“Laudato si”, 139).

Quien no quiera negar este dualismo, debe reconocer que la democracia no parece extenderse en la misma medida que el capitalismo a lo largo del orbe, y que cuando el mercado potencia poderosos especuladores y consumidores no sólo va dejando de lado el factor humano y responde menos al interés colectivo, sino que agota las condiciones mismas de vida en el planeta.

Si las democracias se someten al yugo de un “financierismo” de conglomerados transnacionales que modelan sociedades excluyentes  y ponen en crisis la propia existencia del planeta, el destino nuestro –y también el del propio guanaco–  está perdido. Por ello los estados no pueden ser ni empleados ni rehenes de aquellos  núcleos  corporativos.

Estos poderes salvajes, al decir del genio de Ferrajoli,  demandan el desmontaje del aparato estatal y, con ello, la neutralización de su rama judicial, porque básicamente su independencia constituye un obstáculo a sus intereses. Siempre requerirán de un poder judicial sumiso, complaciente, domesticado, que les permita maniobrar sin el molesto estorbo de una judicatura que cumpla con su rol de control y fije su fundamento en la vigencia de los derechos humanos. Y en todo ello no hay una semiótica oculta. 

Se desconoce si el nuevo billete facilitará la economía, si conservará el valor algún tiempo más o si provocará “inclusión financiera” como expresan los motivos de las autoridades. El arte de la numismática en los próximos decenios y nuestra descendencia podrán dar fe de las ideas dominantes y de las vicisitudes históricas de un guanaco.                   

*  Por Alejandro W. Slokar. Profesor Titular UBA / UNLP.

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