El Puchero
Costa Mariana
4 de agosto de 2018
Keywest amaneció distinto: Miami siempre amanece distinto pero ese fin de semana había algo en el aire que hacía vibrar diferente al calor del sol americano en los fragmentos de caracol roto sobre la blanca arena caliente.

El viento, traicionero y meridional, acomodaba al ulular de las hojas de la palmera con el sonido de las alhajas de ella: Mariana, vestida de blanco y con el pelo recogido, atado en un arreglo de liliums y claveles, dejaba suelto a un mechón de cabello negro y pesado sobre un ojo. Aunque ella no lo sabía por observar al Astro Rey levantarse con el poder de un republicano desde detrás del océano, él la miraba con amor y orgullo. 

Costa en la costa, redundante y sensual, pasaba su mano por el pliegue de sus tetillas que se mostraban en su torso desnudo, y estiraba sus dedos hasta tocar los dedos de ella que cual doncella virgen y en silencio, avanzaba sin rumbo fijo.

Soñaban con volver a ser lo que fueron.

A acumular el poder sin estridencias ni explosiones.

A enojarse de una buena vez otra vez y como siempre, con el poder de turno: una pareja fresca como un diamante en Coconut Grove, a punto de volver a mostrarle los dientes a los mandamás que los quieren domar.

Tuvo esperanzas, soñaba en la onda latina. Con comprar algo Armani en Rodeo Drive. Ambos se juramentaron devolverse a donde no deberían haberse ido nunca. Ambos volvieron recargados del gran país del norte. La tierra de la libertad los fortaleció en la pasión.

Será cuestión de días para ver hasta dónde puede un hombre crecer.

Porque lo que dejaron atrás en el Callo Biscayne, fue lo más intenso que vivieron; el duelo en carrerrillas de Jet Sky fue una excusa, una tonta trampa para volver a encontrarse y darse luz, mucha luz, en el lugar de la oscuridad, allí donde los horteras apuntan sus dedos de uñas encarnadas de envidia y fracaso a la pareja de alma juvenil que lucha a perpetuidad bailando en el filo de la ley sin riesgo de resbalarse porque primero la repúblico, luego Santa Cruz y por último el amor.

No contarán jamás las golondrinas lo que Eduardo le dijo a Mariana antes de hundir el diente en el costado del coco que abrazaba a un elixir fresco. No habrá noticias televisivas. No habrá informes en sitios de operaciones políticas. Primará la libertad en acuerdos extramatrimoniales ajenos a estimulantes naturales del orden del naturismo más sano posible. Chias y girasoles ocultarán su mejor cara antes de perderse en un milk-dance en un lujoso bowl azul marino.

Mariana volverá a brillar y quizás tenga su oportunidad en las tablas (final y felizmente).

Eduardo seguirá construyendo ciudadanía.

El futuro es para siempre.


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