ANALISIS
Río Turbio, a contramano del mundo
4 de febrero de 2018
Y también a contramano de las promesas de Macri

En el plan original del complejo de Río Turbio, la Central Termoeléctrica a carbón se concibió para vincular la Patagonia al Sistema Argentino de Interconexión. Esta usina debe generar 240 MW a partir del consumo de 1,2 millón de toneladas de carbón anuales. Hoy los trabajadores explican que se pueden producir 1,5 millón de toneladas y que las reservas comprobadas de carbón mineral se estiman en 345 años.

Al mes de asumir la alianza Cambiemos, un artículo en Clarín (31/1/16) explicaba que la obra “tiene un 93% de avance”. En febrero de 2017 se iniciaron pruebas de nueva tecnología para transportar el carbón extraído de las minas de Yacimientos Carboníferos del Río Turbio (YPRT) directamente hacia la usina. En mayo, la agencia Telam (9/5/17) festejaba la inversión de $680 millones de pesos en equipamiento y el interventor de YCRT nombrado por el gobierno, Omar Zeidam, explicaba que “vamos a poder extraer el carbón que necesitamos para abastecer nuestra mega usina”. También afirmaba Zeidam que “nuestro carbón sirve y la energía generada con este insumo está creciendo en el mundo” y recordaba que en Polonia el carbón “representa el 70% de la matriz energética”. 

En octubre, el ministro Aranguren visitó las instalaciones del complejo minero de Río Turbio y la usina termoeléctrica en construcción. El ministro explicó al diario rionegrino El Patagónico (14/10/2017) que “desde un primer momento el gobierno de Cambiemos tomó la decisión de continuar con este proyecto […] poniendo en operatividad tanto la Mina como la Central Termoeléctrica”. También aseguró que la mina estaba a semanas de producir 50.000 toneladas por mes, la mitad de lo que se necesitaba: “A partir de ahí vamos a poder empezar a producir energía eléctrica”, afirmó Aranguren. 

En este contexto de incremento de la producción de la mina, como surge de las propias declaraciones de los funcionarios nacionales, el gobierno de Cambiemos nos sorprende con el despido de 500 trabajadores y la amenaza latente de otros 500. Los despidos, según Clarín (29/01/18), buscan “recortar $1000 millones de sus gastos” con la intención de “reducción del déficit fiscal”. Según esta nota, se buscaría “que la empresa sea viable como la usina, nada va a cerrar”. Pero las denuncias de la mesa intersindical desmienten esta versión y sostienen que la intención del gobierno es frenar la usina para continuar solo con la extracción de carbón. 

Como de costumbre, el periodismo de guerra salió no solo a justificar los despidos, sino también a explicar por qué debe cerrar la Central Termoeléctrica. El periodista Diego Cabot, por ejemplo, escribía hace unos días en La Nación (30/1/18) que las iniciativas de los gobiernos kirchneristas en Río Turbio eran como pensar en “una fábrica de casete en épocas de MP3”. Y la decisión de construir una central térmica que se alimentara del carbón de las minas de Río Turbio para Cabot era como construir “un radiograbador para que funcionen los casetes” (Cabot, 2018). Además cerraba con una inapelable sentencia: “La Argentina debería debatir qué hacer con esos lugares mucho más allá de lo presupuestario, y preguntarse qué hacer con una cuenca carbonífera que produce un combustible que no tiene mercado”. 

Sería útil traducir la nota de Cabot al alemán y hacérsela llegar a la primera ministra Merkel. “Alemania está quemando demasiado carbón” explica el título de un editorial de Bloomberg de mediados de noviembre de 2017 (The Editors, 2017). Allí nos enteramos que, si bien las metas de Alemania en la incorporación de energías renovables son más ambiciosas que las de Estados Unidos y la Unión Europea en conjunto, este país “todavía obtiene el 40 por ciento de su energía del carbón”. 

Pero Alemania no es una excepción. En BP Statistical Review of World Energy de 2017 se presentan varios gráficos de una serie temporal 1990-2016 del consumo energético mundial de la matriz primaria (desagregada en las distintas fuentes de energía) y, si bien el carbón muestra una tendencia leve en descenso, el consumo global de carbón ronda 28% en 2016. Este porcentaje se reparte en 12% en América del Norte, poco más del 15% en Europa, 49% en el este asiático y en América del Sur y América Central menos del 5%. Es decir, en tiempos de CDs parece que, además del kirchnerismo, también las principales economías del mundo se empeñan en seguir utilizando casetes y radiograbadores. En realidad, ocurre que la metáfora de Cabot derrama tanta ideología como desconocimiento de los procesos de cambio tecnológico.

Agreguemos que el ataque al carbón ocurre en el marco de una producción nacional declinante de gas y petróleo como consecuencia de las políticas energéticas sin rumbo del ministro Aranguren, que casualmente solo benefician a las empresas extranjeras importadoras. Ámbito (29/1/18) es elocuente en su encabezado: “Argentina, lejos del autoabastecimiento energético: se importa más crudo y bajan la producción y las regalías”.

En definitiva, si consideramos que en la matriz primaria argentina el carbón no supera el 1-2%, resulta claro que hay mucho espacio para incorporar carbón a la producción de electricidad. Sobre todo cuando vemos que, según el MEyM, en 2016 la Argentina importó 800.000 toneladas de carbón mineral (MEyM, 2017). Pero además, no hay que olvidar la importancia geopolítica de la presencia del Estado –generando energía y trabajo– en el extremo austral del país, a 20 kilómetros de la frontera de Chile, y la enorme importancia del complejo minero para las localidades de Río Turbio y 28 de Noviembre. 

La conclusión es irrebatible: Argentina dispone de carbón de excelente calidad, que puede ser extraído a precios competitivos, generando fuentes de trabajo en una zona de la Patagonia de relevancia geopolítica y diversificando la matriz energética. Por el contrario, clausurar la Central Termoeléctrica para concentrarse únicamente en la producción de carbón una vez reafirma el modelo de país dependiente, sin industria, que no necesita energía, ni ciencia, ni trabajo, que va en camino dejar a más de 20 millones de argentinos en la intemperie de la pobreza y el desempleo. 

* Por Roberto Salvarezza y Diego Hurtado 

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