Río Gallegos

19 de noviembre

El Fuego

  • Published in ANALISIS
Corría 2015.
El frío polar y popular confundía visiones con arquitectura, olfato con olor.
El tembladeral de la política generaba broncas y choques entre las partes: tal no podía ser candidato porque tal lo sería.
Aquel le había negado el beso de Judas. El otro se había borrado. Este era medio tonto. Uno era medio lento. 
A ese le habían tirado una campaña televisiva frulera encima. Y en televisión denunciaba a la campaña como interna.
El otro no estaba más. A ese hay que sacarlo. Fulano es un collar de melones. Menganita es una pollera de salames.
El frío crecía desde el hielo por los tobillos hasta las rodillas y los chupetes se congelaban en espanto.

Los arquitectos del bien y el mal no definían por penal y tampoco tenían vista al mar: Canadá quedaba mucho más lejos que ahora que en Buenos Aires por la Ricchieri y antes de la boca del mundo está la boca del lobo. Sin puerta al mar.

El problema era, entonces, que la Cristina le venía pifiando.
Que se había equivocado con ese.
Que se equivocaba sosteniendo a tal otro.
Que no podían parar de perder elecciones y que los malos no paraban de ganar erecciones.
El olfato y el olor: algo se debe estar quemando.
Pero la Cristina en el final siempre sacaba un conejo de la galera. O una liebre.
Pasó el 2015.
El mundo se vino abajo.
El 9 de diciembre fue el portal hacia la eternidad y el Ganges se hacía espeso, sumiso como un río más, más turbio.

El 10 de diciembre la danza del amor frívolo, la cumbia secuestrada y el demonio disfrazado de pueblo le ofrecía un sacrificio al cielo surcado por jets franceses de paz (y en realidad era a las miasmas del infierno).

Se avanzó en tiempo y forma desde una nueva administración que administraba como quería: "en barrio de richachones, sin armas ni rencores, es solo plata y no amores", rezaban los carteles antes de consumar el defalco.
Pero para que los cacos puedan cometer las tropelías a los que nos tenían acostumbrados pero aquí en Estocolmo el síndrome de Buenos Aires es tal, tenían que generar los fuegos de artificio pertinentes.
Va caminando por el patíbulo uno, dos, ultra violento.
Avanzan otros luego, un, dos, tres, ¡Catorce! y las offshore de las carreras de lancha no existían más pero las otras, sí y al paraíso del toma y del daca: siempre hay quilombito en un cielo de dos.

 

Llegó entonces la hora sin luz, donde la sombra aterra y entonces, teníamos un problema.
Y el problema era, entonces, que la Cristina le había pifiado.
 
Ya no cuando sostenía a gentes y candidatos que eran amos de la Familia Piantavotti sino ahora, por no andar poniendo las manos en EL FUEGO por nadie.
Entonces quizás, el problema, no era tal o cual, sino que era la Cristina.

Pero esos que levantan el dedo, tuercen la boca, y se arreglan el pelito, cómodos desde sus honorarios honrados honerosos, no se iban a animar a decir que ellos creían que el problema, era la Cristina.

Tampoco lo dirán ahora, aunque la divina TV los empiece a acorralar y un par de puntos de rating sean mucho más que los puntos que pueden faltar para ganar una elección; está en su naturaleza, unos comieron alfajores y otros se dedicaron a las políticas.

Guarden cuidado y no cometan errores: la Cristina puede haberse equivocado.
Cuentan que a veces lo asume.
Cuentan que por eso mejoró.
Y cuentan que desde siempre y hasta el día en el que no tenga más ganas de hacerlo, va a seguir poniendo desde el pelo, hasta la punta de los pies en el fuego.

POR VOS TAMBIÉN.

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