ANALISIS
UNA HISTORIA DE DOS AUTOS
19 de septiembre de 2018
El Juez se sube a su auto con un chofer y un culata: los tres tienen revólveres "por las dudas", mientras una camioneta hace de guía y otro auto de apoyo acompaña. El juez tiene los bucles blancos y largos, húmedos sobre sus hombros y lentes de sol negros. Una valija, donde lleva documentos con garabatos sin importancia y carpetas escritas por asistentes. Se detiene en un semáforo, al que se acerca un muchacho a limpiar el vidrio. El chofer, policía retirado con secretas torturas sobre su espalda, con un gesto hace que el limpiavidrios se aleje. En el auto se respira el asco.

La Bella Señora sube a su auto luego de esquivar una nube de periodistas policías que la esperan apuntándole al pecho con sus micrófonos de espanto. No elude, no quiere esquivar, quiere mirar a la cara, a esa señora que llorando le agradece por los mejores años de su vida, y se nota en el surco del rostro de la señora que esos mejores años, esos casi 13 años, son un sexto de la eternidad de esa mujer que llega a tomarle las manos a la Bella Señora y no deja de repetirle "gracias", aún cuando había llegado al lugar con un discurso largo para decirle. La Bella Señora huele como la hermosura, sonríe mientras se sube al auto y un asistente cierra la puerta tras de sí. En la radio suena una canción del rock nacional y ella pide al chofer que suba un poquito el volúmen. Es Rasguña Las Piedras.

El Juez baja de su auto mientras el chofer hace lo mismo, mirando a la izquierda y a la derecha con atención militar. Frota su lengua gorda en el paladar exprimiendo las últimas gotas del café al que le adorna siempre un chorrito de licor y deglute el sabor agrio e intenso. Avanza hacia el pórtico de Comodoro Py y un policía le sonríe con una sonrisa de dos millones de dientes, enmarcada en un bigote castrense que supo tener mejor tintura. El Juez saluda con un gesto de sus ojos, mientras el policía siente dentro suyo la tensión clásica de saber que esa misma tarde, arregló una cita con la viuda de su mejor amiga y van a tener relaciones sexuales afiebradas y brutales sin que nadie lo sepa.

La Bella Señora revisa su celular explotado de mensajes de texto, de aliento y de compañeras y compañeros que le comparten noticias, fotos y tratan de hacerla sentir mejor. Ella no se siente mal. Sus lentes descansan sobre el tabique, apenitas más abajo de los ojos, y abre su tablet con las uñas largas a la francesita. Hoy ella tiene el pelo más grande que de costumbre, más rojo, más rabioso. Sabe que tiene el trámite por delante, la maldita costumbre de un gobierno de usarla como fusible y entiende que también es su rol: antes fue llenar las mesas populares de humeantes platos de alimento, hoy es llenar los noticieros de humeantes pistolas que disparan sobre el pecho de un pueblo balazos de dolor, hambre y violencia. Llega también a Comodoro Py. Un puñado de personas la espera como quien espera a una cantante de boleros. Ella saluda con la mano, esconde detrás de su sonrisa una bronca bárbara pero ella es legalista y hace todo-lo-que-hay-que-hacer para que cuando suceda lo inevitable, sea aún más burdo el hilo que maneja a la marioneta, la mano que le entra por la salida del vientre al títere y el control remoto que dictamina a quién liquida el robot. El policía de bigote espantoso de la puerta del juzgado necesariamente no la mira porque le da asco. Aunque cuando ella pase, él sí la mire. La desee. La envidie. Y recuerde que es un hombre solitario con bajos deseos nefastos. Antes de subir al ascensor, una chica de pelo recogido alcanza a la Bella Señora y le pide una selfie. Le contagia su fuerza. Le dice que vamos a volver. Le toca las muñecas y siente la piel: es de verdad, como tu mamá.

El Juez entra a su despacho con un seco "Buenos días". Afuera le cantan loas a su madre y le avisan que a la Bella Señora no la toca nadie. El Juez traga saliva, pide que le traigan su mate y su termo. La secretaria ya lo tiene listo y se lo entrega. El Juez la saluda con un beso, que sorprende a la secretaria. Ella llega a sentir el aliento del juez, y recuerda que ese olor es el que tenía su padre que tenía gingivitis. Con rechazo ella sale del despacho, mientras el Juez carga el primer mate de la mañana. Tose y carraspea y abre su Google Chrome. No hace falta que toque la L después de la C que ya su computadora, inteligente, sabe que tiene que entrar a Clarín.com. Y allí va. No le gusta la foto que usaron para ilustrar la nota, se ve gordo y viejo, se ve cansado y pasado. Sólo se permite verse como un abuelo, como un Papá Noel de la Muerte frente a su nieta, y no quiere que lo vean en el ocaso de su vida, al borde de cualquier enfermedad, las personas comunes y mucho menos... ella. Envía un mensaje de texto un tanto frívolo para pedir que manden otro fotógrafo que les regalará un "mejor perfil" a la salida de la declaración. Piensa que seleccionó mal la palabra "perfil". Está gordo. El dolor de estómago que lo atormenta cada noche aún no tiene diagnóstico. El Juez no le teme a nada, salvo a la inexorable muerte que cada segundo que pasa, se acerca un poco más a los pies de su cama y apuesta a hacerle cosquillas en la planta del pie mientras duerme, sólo para joder y recordarle quién manda.

La Bella Señora realiza el trámite administrativo de entregar su declaración. La notaria que toma anotaciones se siente mal en el alma de estar haciendo esa tarea. Mira fijo de tanto en cuando a ella y con la mente trate de decirle un montón de cosas. De contarle miserias. De revelarle grabaciones. De hablarle al oído. De gritar, de marchar, de vivir. De volver a ser feliz. Trata con la mente de que ella entienda que no está sóla. De decirle "fuerza". Mueve su mano y torpe tira una lapicera. Le pide disculpas con una sonrisa. La Bella Señora detecta esa sonrisa y se la devuelve. Se hace un silencio un tanto incómodo, que rompe un abogado. Firman y se van.

El Juez sigue toda la secuencia mirando la televisión, donde un aseñorado periodista con apellido de animal habla en tono masturbatorio sobre lo que está suceciendo: que la Bella Señora entra, que la Bella Señora sale, que hay otro caso de un muerto por estreptococo, que el periodista con cara de lagarto que traduce siempre al gobierno mirando de costado. El periodista aseñorado y jujeño que supo hablar de cuestiones científicas, no sabe bien qué decir porque sabe que queda pegado para siempre a esta operación y que su sonrisa gorda en su cara retocada con resfrescos aquí y allá no lo salvan de un futuro oscuro. Tartamudean. El Juez se molesta mirando esa actitud y cambia de canal. Pone al marmota que vibra en el aire con su vestido de cumpleaños de quince. Ninguno de ellos ganó mejor que cuando la Bella Señora fue gobierno, salvo el Juez, que gobierne quien gobierne, siempre gana mejor que vos.

La Bella Señora sube a sus redes su declaración. La gente la aclama y la quiere votar.

El Juez se mete el dedo en la nariz y saca un moco duro. Hace una bolita. Revisa su celular y tiene seis mensajes de texto de periodistas, y dos de personas del gobierno. Toma aire y mira por la ventana.


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